De entre todas las adicciones que nos asolan en el siglo XXI, debemos resaltar un fenómeno que podría asemejarse en cierta medida a una adicción. En la sociedad del individualismo, el ego y la paradójica soledad de las populosas ciudades, surge un tipo de “adicción” cada vez más común: la adicción a las relaciones.
El hecho de que me refiera a esta tendencia como adicción no quiere decir que sea negativo. Simplemente hay personas que no pueden o no quieren evitar sentirse “enganchadas” a otras, llegando incluso al extremo de depender tanto de ellas que ni siquiera se conocen a sí mismas.
Nadie está a salvo

¿Se puede alguien enganchar a un pene? ¿O a una vagina?
Puede tratarse de una adicción controlada o totalmente irracional. Todos estamos expuestos a caer en las redes de esta fácil dependencia. Y digo fácil porque a menudo cuesta tomar decisiones, tomar las riendas de un futuro incierto, más aún en una época complicada como la que nos ha tocado vivir: estamos obligados a vivir a mil por hora. O te mueves o caducaste ayer.
Se puede hacer de ello una costumbre. ¿Quién no conoce casos de personas que no saben vivir sin estar con alguien? En muchos casos es como una válvula de escape. Una forma más de no afrontar la soledad.
Tipos de ‘enganches’ amoroso
Dentro de la amplia gama de “enganches” de los que una servidora ha sido mudo y anonadado testigo, nos encontramos, por ejemplo, con las adictas a los “castigadores”. ¿Es posible alcanzar tal grado de masoquismo? Pues sí, y lo peor es que se entra en un bucle tal que parece que sólo se disfruta si te “dan caña”.
Otra variante podría ser engancharse a un “pene” o, dicho de manera más ilustrativa, hacerse adicta a una persona solo por el sexo. Si, el sexo es importante, pero al igual que todo narcótico o sustancia adictiva entraña un peligro latente.
Por no hablar de las enganchadas al amor como sentimiento, a lo idílico, a la “vida en rosa”. Es tentador dejarse llevar por el amor. De hecho podría ser hasta recomendable.
Los celos, origen del ‘mono’
El “factor posesión” o los “celos llevados al extremo” aparecen como desencadenantes de dependencias más graves. Ya nos mostró Fassbinder en su película, Las amargas lágrimas de Petra von Kant los límites de la dominación.
Engancharse a un “pasota” no parece tan grave a simple vista, pero a ver quién es el santo que tira de los sentimientos de una persona apática o demasiado despreocupada. Desde luego a mí me generaría un estrés similar al que me ocasionaría un “posesivo obsesivo”…
Si se trata de relaciones largas, aún a pesar de no quedar esa pasión del principio, aparece el cariño, ese sentimiento confuso que puede llegar a convertirse en comodidad. No siempre, ni mucho menos, tiene por qué ocurrir, pero no deja de tener un efecto placebo para todo aquel que depende de las relaciones.
El miedo a engancharse es además lógico. Con referentes como Atracción Fatal o Instinto Básico, ¡quién no va a echarse a temblar…! Cuando se inicia una relación puede traspasarse esa delgada línea que separa la sensación de estar bien con otra persona, del peligro de depender absolutamente de ella. Siempre hay uno de los dos implicados más proclive no tanto a anularse, sino a renunciar a ciertos hábitos, costumbres o deseos, en favor del otro.
¿Estamos ante la “metadona” del amor?

Después de rodar 'Atracción Fatal' e 'Instinto Básico', normal que Michael Dougles se volviera ninfómano...
El no encontrar un amor de verdad, o la relación ideal, ¿nos estará llevando acaso a engancharnos a personas que no nos convienen? Las distintas etapas vitales por las que vamos atravesando nos van marcando qué tipo de relaciones nos interesan, véase, esporádicas, o más serias. Cualquiera de ellas puede conducir a la adicción.
Y la pregunta es ¿qué hacer para no tropezar con esta nueva tendencia? No hay prevención catalogada, como tampoco receta para superarla, ¿o quizá si? Los temas de dependencias generan gran literatura.
Lo mejor es tomarse todo esto con filosofía, disfrutarlo según viene, engancharse si eso nos satisface. Todo termina, lo bueno, lo malo, el placer, e incluso el dolor. Si El amor dura tres años, como nos explica Frédéric Beigbeder en su novela, intentemos disfrutarlo.
Tengamos pies de plomo pero también liberemos endorfinas. ¿No sería la vida muy aburrida sin los vaivenes sentimentales?
Texto: Guiomar Fernández, adicta a la vida. Y a Barcelona, y a Madrid, y a Djon, y a Londres…Fotos: Miriam G. / Modelo: Ade Mouyyabed


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